Cómo los cambios de presión atmosférica provocan dolor de cabeza - Qué ocurre dentro de un cuerpo que reacciona a las bajas presiones
El dolor que llega antes de que el tiempo empeore
El cielo sigue despejado y, sin embargo, algo pesado se instala detrás de las sienes. Unas horas después llueve y piensas: era de esperar. Cuando eso se repite, queda la sensación de que tu cuerpo conoce el tiempo antes que el tiempo.
Si lo comentas, suelen despacharlo con un «te preocupas demasiado», y eso vuelve difícil de expresar esta molestia. Las molestias que siguen al tiempo se agrupan bajo el nombre de meteorosensibilidad, aunque el término nombra una agrupación y no una causa, de modo que tener un nombre no explica gran cosa. Pero la presión atmosférica es una fuerza física sobre el cuerpo, y hay vías concretas por las que el organismo responde cuando varía. Aquí se recorre lo que pasa dentro de ti cuando baja, en tres capas: dónde se detecta el cambio, los vasos y el sistema nervioso autónomo.
Qué clase de fuerza ejerce la presión sobre el cuerpo
La presión atmosférica es el peso del aire que tienes sobre la cabeza. Cerca del nivel del mar, sobre cada centímetro cuadrado descansa alrededor de un kilogramo. En la palma equivale a varias decenas de kilogramos, y no la notas porque desde dentro una presión igual empuja en sentido contrario.
El problema llega cuando ese equilibrio se rompe. Al acercarse una borrasca, la presión exterior baja y la interior queda relativamente más alta. Las cavidades con aire, y los tejidos que se hinchan ante una diferencia de presión, se expanden algo. Es la física que tapona los oídos al despegar un avión o infla una bolsa de aperitivos en la montaña. Lo importante: afecta más la velocidad del cambio que su magnitud. Una caída de golpe provoca síntomas antes que un descenso lento.
Cómo detecta el oído interno la presión atmosférica
El candidato más señalado como lugar donde se percibe la presión es el oído interno, que aloja el caracol, receptor del sonido, y los órganos vestibulares, encargados del equilibrio. El vestíbulo detecta con precisión la inclinación y la aceleración, y es una estructura cerrada llena de líquido.
Cuando la presión exterior cae de golpe, cambia el equilibrio entre el oído medio y el interno, y en las señales del vestíbulo aparece una leve alteración. El cerebro la lee como que el cuerpo se mueve o que la postura es inestable. Pero los ojos informan de que no te mueves. Ante esa discrepancia, el cerebro eleva su alerta. El esquema es el del mareo por movimiento: el desajuste entre los sentidos genera la incomodidad.
Que unas personas sean muy sensibles y otras no lo noten se atribuye a diferencias individuales en ese umbral. Cuanto mayor es la sensibilidad del vestíbulo, más fácilmente recoge como alteración una variación pequeña. Quienes se marean en los transportes llevan mal los cambios de presión porque está implicado el mismo órgano.
La cadena que se desencadena en los vasos y en el sistema nervioso autónomo
Tras la detección reaccionan los vasos. Por el cráneo y sus alrededores discurren numerosos vasos, y al bajar la presión externa se desplazan hacia la dilatación. No tienen nervios que perciban dolor, pero en sus paredes se distribuyen ramas del nervio trigémino. Cuando el vaso se dilata y estira ese nervio, el cerebro lo recibe como dolor sincronizado con el latido. El dolor pulsátil de la migraña aparece por esta vía.
A la vez cambia de marcha el sistema nervioso autónomo. La caída de la presión es un cambio ambiental, y para responder se refuerza la actividad simpática. La contracción y la dilatación de los vasos, la frecuencia cardíaca y la sudoración se reajustan de golpe, así que junto al dolor de cabeza aparecen la rigidez de hombros y cuello, el mareo y el abatimiento físico. Si ese cambio de marcha tarda mucho en llegar, el cuerpo se queda en tensión sin soltarse.
El cambio de presión no crea por sí solo una enfermedad. Quienes tienen constitución propensa a la migraña, los músculos del cuello y los hombros crónicamente tensos, o falta de sueño y deshidratación, desarrollan síntomas antes ante el mismo cambio. La presión es el gatillo, no toda la causa.
Síntomas que aparecen además del dolor de cabeza
No es solo la cabeza la que reacciona. El dolor en articulaciones y lesiones antiguas, los oídos taponados, una somnolencia intensa y el ánimo bajo llegan en el mismo periodo. En el dolor articular se considera que interviene la ligera hinchazón de la membrana sinovial y los tejidos vecinos por la diferencia entre la presión interior de la articulación y la del aire. Son frecuentes las cicatrices de operación o fractura que duelen porque ese tejido se ha vuelto sensible al cambio.
La somnolencia y el abatimiento surgen porque el paso entre simpático y parasimpático se vuelve inestable. Con cielo nublado, la luz al aire libre cae hasta una fracción de la de un día despejado, así que también se debilita su efecto despertador. Sentir el cuerpo pesado con mal tiempo resulta de que la presión y la luz actúan a la vez.
Ajustes prácticos para prepararse ante los cambios de presión
Como la presión no se puede cambiar, la preparación consiste en construir un estado en el que, aunque se apriete el gatillo, no se dispare.
Lo primero es llevar un registro. Si durante unas semanas anotas la fecha y la hora del dolor y el tiempo que hacía, empieza a verse si tus síntomas van asociados a la presión. Si lo están, podrás mirar la previsión y ajustar tus planes. Si no, eso es una pista para buscar otro factor.
Lo segundo es ponerse a punto antes del cambio. La falta de sueño y la deshidratación intensifican los síntomas. Respuestas simples resultan eficaces: no trasnochar la víspera de un día que sabes que empeorará y beber agua de forma deliberada.
Lo tercero es no dejar que el cuello y los hombros se queden rígidos. Cuando el trabajo de escritorio mantiene la postura inclinada hacia delante, los músculos que sostienen la cabeza siguen tensos, y si a eso se suma un cambio de presión el dolor aparece antes. Un hábito de pausas breves y frecuentes para soltar el cuerpo resulta útil al margen de la presión.
Cuándo conviene consultar al médico
Los dolores de cabeza que van al compás del tiempo casi nunca ponen en riesgo la vida. Aun así, en estas situaciones no des por sentado que la causa es el tiempo y consulta con un profesional sanitario, por ejemplo tu médico de atención primaria. Si aparece de golpe un dolor de una intensidad que nunca habías experimentado. Si al dolor se suman falta de fuerza en brazos o piernas, dificultad para articular palabras o pérdida de parte del campo visual. Si usas analgésicos de venta libre más de diez días al mes: un consumo elevado puede derivar en un estado en el que el propio medicamento favorece el dolor, y deshacerlo requiere un ajuste especializado.
La queja de que el tiempo te provoca dolor de cabeza no es por sí sola un diagnóstico. Pero un registro es material para explicar la situación al médico. Cuando el contorno de lo que ocurre dentro de ti se vuelve nítido, también aparecen las palabras para explicarlo a quienes te rodean. En lugar de rendirte pensando que es cosa de tu imaginación, empieza por observar.