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Cuando rechazar una invitación resulta incómodo - Cómo hacerlo sin inventar excusas

Este artículo se lee en unos 7 minutos Redacción y gestión: Kokomori

Inventar un compromiso que no existe

«¿Tienes libre el sábado?». Lo tienes libre. Pero no quieres ir. Y lo que sale de tu boca es: «Ese día tengo algo».

Un sábado en el que no había nada se convierte así, en un instante, en un sábado con un compromiso. La situación se resuelve, la otra persona lo acepta y todo parece haber funcionado. Poner por delante el pequeño desencanto del otro y dejar atrás lo que uno quiere se llama Complacencia excesiva, y el compromiso inventado es una de sus formas más visibles.

Sin embargo, este método tiene un efecto secundario que aparece más tarde.

La mentira dificulta la siguiente negativa

Lo primero es que una mentira exige gestión de la memoria. Qué dijiste que era ese asunto, a quién se lo contaste y de qué manera. Cuando una conversación posterior deja de encajar, la incomodidad que se genera es mucho mayor que la que habría producido el simple hecho de rechazar.

Lo segundo es que la condición para rechazar queda fijada en «tener un compromiso». Como tú mismo has establecido la premisa de que, si no hay nada en la agenda, deberías ir, la próxima invitación te obliga a fabricar otro compromiso. Las mentiras aumentan exactamente al ritmo de las negativas.

Y lo que más peso tiene es que el motivo «no quiero ir» pasa a tratarse como algo inservible. Si recurres a la agenda es porque has juzgado que el sentimiento por sí solo no te da derecho a rechazar. Si sigues rechazando con esa premisa puesta, cada negativa se convierte en una ocasión en la que tratas tus propios sentimientos como algo ilegítimo.

Rechazar sin dar razones

Para rechazar no hacen falta razones. Una invitación es una petición, y la respuesta a una petición queda completa con un sí o un no. Comunicar tu postura sin atacar a la otra persona y sin falsear lo que sientes es lo que se llama Asertividad, y una negativa a secas es su forma más elemental.

Hay tres fórmulas fáciles de usar.

La primera se limita a comunicar que no vas a asistir: «Esta vez lo dejo pasar. Gracias por acordarte de mí». Al rellenar con agradecimiento el hueco donde iría la razón, no queda solamente la negativa.

La segunda menciona una próxima ocasión: «Esta vez no puedo ir, pero vuelve a avisarme». Funciona con las personas con las que quieres mantener la relación. Úsala solo cuando de verdad no te importe que te vuelvan a invitar.

La tercera describe tu propio estado: «Los sitios con mucha gente me agotan, así que llámame cuando seáis pocos». Eso no es una mentira, sino una manera de poner en palabras hasta dónde puedes llegar, es decir, tus Límites. Como la información llega a la otra persona, las invitaciones siguientes pueden cambiar de forma y ajustarse mejor a ti.

Lo que comparten las tres es que la explicación no se alarga. Cuanto más detallas la razón, más espacio aparece para que la otra persona valore si esa razón es suficiente. Las negativas breves son más difíciles de contrarrestar precisamente porque no ofrecen material que valorar.

Cómo bajar la carga cuando decides ir

Si decides no rechazar y asistir, puedes diseñar tú mismo la forma de ir.

Lo que más efecto tiene es decidir de antemano la hora de marcharte. Si al principio avisas de que a las nueve te vas, irte a mitad de la reunión se convierte en el cumplimiento de un compromiso. Marcharse sin decir nada deja incomodidad detrás; marcharse después de haberlo anunciado no genera ningún problema.

También puedes hacer que tu asistencia sea parcial. Estar solo en la cena y no ir a la segunda ronda, o incorporarte en la segunda parte. Si lo piensas en términos de todo o nada, solo queda rechazar; con una asistencia parcial aparecen más opciones.

Las relaciones que quedan después de rechazar varias veces

Si rechazas muchas veces, las invitaciones dejan de llegar. Es un resultado natural. La otra persona no se siente rechazada: simplemente ha aprendido que eres alguien que no acude.

Lo que conviene comprobar en ese punto es si ese resultado es deseable para ti. Si el hecho de que dejen de invitarte te ha aliviado, el ajuste fue el adecuado. Si lo que queda es soledad, significa que tu criterio para rechazar era demasiado estricto.

En el segundo caso, resulta eficaz pasarte al lado de quien invita. Cuando eres tú quien decide el lugar, el número de personas y la hora, la carga de participar disminuye. Crear reuniones con una forma que te encaje sirve más para ver gente de verdad que reducir el número de veces que rechazas.

Con las personas con las que quieres mantener el vínculo existe además la vía de contactar por un camino distinto al de las reuniones. Hay muchos casos en los que alguien que lo pasa mal en grupo sí puede hablar de uno a uno. Haber rechazado una invitación no elimina los medios para mantener una relación.

Las reuniones de trabajo como caso especial

Las cenas de empresa y los actos internos tienen un carácter algo distinto de las invitaciones privadas, porque se añade una preocupación más: que asistir influya en la evaluación.

Lo primero que conviene comprobar es si esa preocupación se basa en una práctica real o en la imaginación. Existen lugares de trabajo donde no asistir influye en la evaluación, pero también hay quien sigue asistiendo por una simple suposición. Observar cómo se trata a los compañeros que no asisten permite juzgarlo a grandes rasgos.

En los lugares de trabajo donde asistir es necesario en la práctica, gestionar tú mismo la frecuencia es la política realista. Ni ir a todas ni rechazarlas todas, sino decidir a cuántas vas al año. Aparecer en los momentos señalados, como una despedida, y rechazar las cenas rutinarias es una línea que se puede trazar.

Y si estás recibiendo un trato desfavorable por no asistir, el problema no está en tu manera de rechazar. Trasladar a la evaluación la asistencia a reuniones privadas fuera del horario laboral no puede justificarse como decisión de trabajo. Una vez que tengas claro cómo manejar la culpa que aparece al rechazar, considera la vía de registrar los hechos y consultarlo con alguien.

Rechazar una invitación no es rechazar a la otra persona, sino decidir cómo usas tu propio tiempo. Cuando llegas a poder rechazar sin inventar compromisos, el coste psicológico del propio acto de rechazar baja, y a las invitaciones que sí te apetecen puedes acudir con toda naturalidad.

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