Cuando conversar en la peluquería resulta penoso - Cómo decir que preferirías no hablar
Lo largo que es el rato en que no puedes levantarte
Corte y color: dos horas. Estás sentado frente al espejo y alguien te habla desde detrás. Los planes del fin de semana, en qué consiste tu trabajo, si has viajado a algún sitio. Cada respuesta que das trae la pregunta siguiente.
Hay otras situaciones en las que la charla informal se hace cuesta arriba, pero una peluquería reúne un conjunto de condiciones muy particular, todas a la vez. No puedes escapar, dura mucho, la otra persona habla por amabilidad y, mientras te están cortando el pelo, incluso mover la cara resulta difícil. Tener tu propia cara a la vista todo el rato es otra condición aparte: puedes revisar en directo si esa respuesta te ha salido mal. El grado real de atención que la otra persona presta a lo que contestas es menor de lo que se siente desde el sillón, y esa diferencia entre lo uno y lo otro es lo que describe el Efecto foco.
Si desmontas esas condiciones una por una, empieza a verse por dónde se entra a resolver esto.
La otra persona también habla porque es su trabajo
Lo primero que conviene tener claro es la situación de quien te dirige la palabra.
En el trabajo de atención al cliente, el silencio se convierte en material para la inquietud. ¿Se estará aburriendo el cliente? ¿Estará incómodo ahí sentado? Dar conversación es, entre otras cosas, una manera de manejar esa inquietud. Hay salones donde en la formación se recomienda expresamente conversar con quien está en el sillón. El trabajo que exige mantenerse amable delante del cliente y sostener el ambiente se llama Trabajo emocional, y quien te atiende también está pagando ese coste.
Es decir: que te hablen es una amabilidad de la otra persona y, al mismo tiempo, un criterio profesional que esa persona está aplicando. Sabiendo esto, queda claro que pedir que no se hable no equivale a rechazar a nadie.
De hecho, visto desde el lado de quien te atiende, saber que no hace falta hablar resulta a veces más cómodo. Deja de tener que pensar de qué hablar mientras las manos trabajan. Decirlo puede ser un ajuste que baja la carga de los dos lados.
El método de decirlo antes de empezar
Lo que mejor funciona es decirlo antes de que empiece nada. Cortar la conversación cuando el servicio ya está en marcha es difícil, y los primeros minutos deciden el resto.
Estas son algunas fórmulas que puedes usar.
Hoy estoy algo cansado, así que me gustaría pasar este rato en silencio. Al dar tu estado físico como motivo, la otra persona lo recibe como algo que debe respetar. Tampoco hace falta inventar nada: días en los que de verdad estás cansado hay muchos.
Quiero leer, así que no se preocupe por mí. Con un libro o un dispositivo en la mano, esta frase se sostiene con naturalidad. Además le da a la otra persona un motivo al que agarrarse: el cliente está leyendo.
No se me da bien hablar con la gente, así que no le dé importancia si me quedo callado. Es la forma en la que lo enuncias como un rasgo propio. En un salón al que vuelves durante años, decirlo una vez hace que todas las visitas siguientes sean más llevaderas.
La clave, en las tres, es que ninguna coloca la culpa en la otra persona. Si lo formulas como exigencia, no me hable, la otra persona lo interpreta como un fallo suyo. Si lo formulas como una descripción de tu propio estado, se trata como un ajuste. Decir lo que quieres sin dejar a la otra persona en falta es el movimiento básico de la Asertividad, y funciona igual en una relación de servicio pasajera que en cualquier otra.
Fórmulas para cerrar la conversación mientras te atienden
Si ya ha empezado y necesitas recortar la charla, puedes regularla con la manera de responder.
Responde brevemente a la pregunta y no devuelvas otra pregunta. Una conversación sigue porque se lanza de un lado a otro. Si no la devuelves, la pausa aparece por sí sola.
Recoge lo que te dicen con un asentimiento corto y no añadas nada más. Puede que la otra persona pruebe una vez más con otro tema, pero si esto se mantiene dos o tres veces, la intención queda transmitida.
Cerrar los ojos es otro recurso. Crear un estado en el que las miradas no se cruzan a través del espejo hace más difícil que te hablen. Después del lavado, o en el rato de espera mientras actúa el color, encaja con toda naturalidad.
Trazar la línea de aceptar solo las preguntas relativas al servicio también resulta eficaz. A las comprobaciones prácticas, si este largo está bien y similares, respondes; a la charla, contestas corto. Marcar esa diferencia conserva intactos los intercambios que sí son necesarios.
Lo que puedes hacer en el momento de reservar
Hay una parte del ajuste que se puede hacer ya desde la elección del salón.
Escribirlo en el campo de observaciones de la reserva es el método con menos roce. Algo así como: agradecería que la conversación durante el servicio fuera lo más breve posible. Por escrito desaparece la dificultad de decirlo en voz alta, y llega de antemano a quien te va a atender.
El carácter del salón es otra variable. Hay locales que hacen de la conversación su reclamo y otros que trabajan en silencio. Las opiniones de otros clientes y la propia descripción del local dejan ver a veces cuál es su criterio. Los salones que trabajan solo con cita y disponen de cabinas privadas, y los que se anuncian por lo poco que tardan, tienden a implicar menos charla.
Mantener siempre a la misma persona ayuda también. Si te atiende siempre la misma, tus preferencias se heredan de una vez a la siguiente. Dicho en la primera visita, a partir de la segunda no tienes que decir nada.
Antes de que ir te dé pereza
Si la carga de la conversación está alargando el intervalo entre visitas a la peluquería, eso ya está produciendo un perjuicio real.
El pelo no queda como quieres, no consigues sentirte seguro de tu aspecto y, como eso te preocupa, sales menos. La estructura es esta: una carga relativa a la conversación acaba alcanzando tanto a tu imagen como a tu conducta.
Por eso este ajuste no es un asunto de aguantar y ya está. Si decirlo lo resuelve, decirlo sale más rentable. Y si el ambiente se enturbia porque lo has dicho, cambiar de salón es también una decisión a tu alcance. Existe la vía de adquirir las técnicas para manejar la charla informal, pero en una situación en la que la charla no hace falta, no tienes por qué usarlas.
Y elegir no hablar no es una falta de educación. Lo que pagas por el servicio lo pagas por el oficio, y la conversación es un elemento accesorio que viene encima. Querer pasar ese rato en silencio queda dentro del margen de lo que es legítimo pedir. Prepara una manera de decirlo una sola vez y, a partir de la visita siguiente, se resuelve en unos segundos.