Trauma

Trauma secundario

Fenómeno por el cual las personas que atienden a víctimas de trauma desarrollan ellas mismas reacciones traumáticas al escuchar o presenciar las experiencias de otros. Es frecuente en profesionales de la ayuda y familiares, y está estrechamente relacionado con la fatiga por compasión.

Cuando el dolor ajeno se convierte en herida propia

El trauma secundario (estrés traumático secundario) es el fenómeno por el cual quienes apoyan a personas traumatizadas desarrollan reacciones traumáticas propias durante el proceso de ayuda. Aunque no se hayan expuesto directamente al peligro, la exposición repetida a los relatos o imágenes de las víctimas puede generar respuestas psicofísicas como si la persona hubiera vivido esa experiencia en primera persona. Dado que aparecen síntomas similares al TEPT - flashbacks, pesadillas, hiperactivación y conductas de evitación -, también se denomina «estrés traumático secundario».

En el trasfondo de este fenómeno se encuentra la capacidad humana de empatía. La habilidad de comprender el sufrimiento ajeno y acompañar a otros es la base de la ayuda interpersonal, pero cuanto mayor es esa capacidad, más profundamente se resuena con el trauma del otro y más vulnerable se vuelve el propio sistema nervioso. Es, por así decirlo, la paradoja de que una fortaleza - la empatía - puede convertirse también en una vulnerabilidad. Psicólogos clínicos, trabajadores sociales, personal de emergencias, periodistas y abogados que mantienen contacto cotidiano con personas traumatizadas presentan un riesgo especialmente elevado. También puede darse en familiares que cuidan de un ser querido con trauma.

Diferencia con el agotamiento profesional

El trauma secundario se confunde a menudo con el síndrome de desgaste profesional (burnout) o la fatiga por compasión, pero son conceptos distintos. El burnout es un agotamiento derivado del estrés laboral crónico y progresa de forma gradual. La fatiga por compasión se refiere al proceso de agotamiento de la capacidad empática. En cambio, el trauma secundario se caracteriza por poder aparecer de forma aguda tras la exposición a una experiencia traumática concreta. Un día, de repente, la escena relatada por un paciente no se va de la cabeza, se empieza a evitar ciertos temas o el mundo comienza a percibirse como un lugar peligroso. Por supuesto, estos fenómenos pueden coexistir y amenazar de forma multidimensional la salud física y mental de los profesionales de la ayuda.

Protegerse como profesional de la ayuda

Lo más importante para afrontar el trauma secundario es que tanto la organización como el individuo reconozcan el hecho de que «quienes ayudan también se hieren». Una cultura que exige «ser profesional significa no verse afectado» aísla a los profesionales y agrava los síntomas. A nivel organizativo, resultan eficaces la supervisión periódica, la distribución de casos y el establecimiento de límites en la carga de trabajo relacionada con trauma. A nivel individual, el ejercicio físico regular, la delimitación clara entre vida laboral y personal, y el hábito de monitorizar periódicamente el propio estado emocional actúan como factores protectores. Que el profesional se mantenga sano es una condición previa para mantener la calidad de la atención; el autocuidado, y no el autosacrificio, constituye la esencia del profesionalismo.

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