Respuesta de lucha o huida
Reacción fisiológica mediante la cual el cuerpo se prepara instantáneamente para luchar o huir al percibir un peligro. Se activa el sistema nervioso simpático, provocando aumento de la frecuencia cardíaca, tensión muscular y dilatación pupilar.
Qué es la respuesta de lucha o huida
La respuesta de lucha o huida (fight-or-flight response) es una reacción de emergencia para la supervivencia que el cuerpo activa automáticamente al percibir una amenaza. Denominada así por el fisiólogo estadounidense Walter Cannon en la década de 1920, esta respuesta se inicia cuando la amígdala cerebral detecta una señal de peligro y envía a todo el cuerpo la orden de «estado de alerta» a través del sistema nervioso simpático.
Cuando se activa la respuesta, las glándulas suprarrenales secretan adrenalina y cortisol, la frecuencia cardíaca y la presión arterial aumentan, la respiración se acelera y la sangre se concentra en los músculos. Las funciones corporales innecesarias en una emergencia, como la digestión y el sistema inmunitario, se suprimen temporalmente. Todos estos cambios fisiológicos están diseñados para apoyar al máximo la acción de «luchar» o «huir» ante la amenaza inmediata. En la era primitiva, esta respuesta salvaba literalmente la vida al encontrarse con un depredador.
El desajuste en la sociedad moderna
El problema es que esta respuesta se activa de la misma manera ante el estrés de la sociedad moderna. Una reprimenda del jefe, la presión de una fecha límite, la sensación de agobio en un transporte público abarrotado: ninguna de estas situaciones supone un peligro vital, pero el cerebro las procesa como «amenazas» y activa la respuesta de lucha o huida. El cuerpo entra en estado de alerta, pero en realidad no puede ni luchar ni huir. Cuando este estado se cronifica, se manifiesta en diversos síntomas físicos: hipertensión, trastornos digestivos, disminución de la inmunidad, insomnio y fatiga crónica.
Comprender y regular la respuesta
La respuesta de lucha o huida no puede controlarse completamente con la voluntad, pero sí es posible atenuar su intensidad. La respiración abdominal lenta y profunda activa el sistema nervioso parasimpático (el nervio de la relajación) y frena la hiperactivación del sistema simpático. Además, el simple hecho de tomar conciencia de las propias reacciones corporales constituye el primer paso para la regulación. Si se puede reconocer que el corazón late deprisa o que las manos están sudando, se abre un espacio para decirse: «Esto es la respuesta de lucha o huida. No hay un peligro real». En lugar de ver las reacciones del cuerpo como un enemigo, comprenderlas como un intento de protegernos conduce a una relación más saludable con el estrés.
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