Salud

Alimentación emocional

Patrón de conducta en el que se come no por hambre, sino para aliviar emociones como el estrés, la ansiedad o la soledad. Suele ir seguido de una sensación temporal de alivio y, después, de culpabilidad.

Qué es la alimentación emocional

La alimentación emocional consiste en comer no porque el cuerpo necesite alimento, sino para aliviar el dolor emocional o el estrés. Vaciar una bolsa de aperitivos tras un mal día en el trabajo, comer helado sin parar en una noche de soledad, abrir la nevera de forma inconsciente cuando se siente ansiedad. Muchas personas reconocen estas experiencias. Comer es una forma accesible e inmediata de cambiar el estado de ánimo, y los alimentos dulces o grasos estimulan el sistema de recompensa del cerebro, elevando temporalmente el humor.

La diferencia entre la alimentación emocional y el hambre física se puede identificar por varios indicadores. El hambre física aparece gradualmente y se satisface con cualquier alimento, mientras que el hambre emocional surge de repente y genera un deseo intenso de alimentos específicos (generalmente hipercalóricos). El hambre física se sacia al comer, pero el hambre emocional no se satisface con la comida; al contrario, después de comer aparecen la culpa y el autodesprecio. Este ciclo de «comer - alivio temporal - culpa - más estrés - volver a comer» es lo que hace tan problemática la alimentación emocional.

Por qué se procesan las emociones a través de la comida

Detrás de la alimentación emocional suele haber un repertorio limitado de estrategias de afrontamiento (coping). Cuando se experimenta una emoción difícil, si se dispone de alternativas como verbalizarla con alguien, hacer ejercicio o expresarla mediante una actividad creativa, la necesidad de recurrir a la comida disminuye. Sin embargo, las personas que desde la infancia han sido reprimidas con mensajes como «no llores» o «aguanta», o que han tenido pocas experiencias de que sus emociones fueran acogidas con seguridad, tienden a convertir la comida en uno de sus escasos medios de autoconsuelo. La alimentación emocional no es falta de voluntad, sino una señal de que la mente está pidiendo ayuda.

Ampliar las alternativas a comer

Lo más importante para reducir la alimentación emocional es hacer una pausa en el momento en que se siente el impulso de comer y preguntarse: «¿Realmente tengo hambre o hay alguna emoción detrás?». Si se identifica una emoción como causa, el siguiente paso es ponerle nombre: «me siento solo», «estoy irritado», «tengo ansiedad». El simple hecho de identificar la emoción reduce la tendencia a actuar impulsivamente. A partir de ahí, se pueden probar alternativas a comer: salir a caminar, beber algo caliente despacio, escuchar música favorita, llamar a alguien. No es necesario aspirar a la perfección. Si de cada diez veces se logra elegir una alternativa en tres ocasiones, eso ya es un gran avance.

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