Cuando escuchar el sufrimiento de alguien te deja sin poder moverte - Señales de la fatiga por compasión y el camino de vuelta
El día en que escuchar se vuelve doloroso
Escuchas todos los días lo que cuenta un familiar enfermo. Al principio asentías con naturalidad. Te preocupabas de corazón.
Sin embargo, pasados unos meses, notas un cambio. Empieza la conversación y el cuerpo se te pone pesado. La repetición de lo mismo te irrita. Solo mientras la otra persona duerme puedes respirar. Y luego te reprochas sentirlo así.
El desgaste que surge de la cercanía continuada con el dolor ajeno se llama Fatiga por compasión. En quienes se dedican profesionalmente a sostener a otros se viene tratando desde hace tiempo. Pero en la posición de quien sostiene a un familiar o a un amigo se añaden condiciones que la profesión no tiene.
Un papel del que no se puede bajar
Cuando sostener a las personas es tu oficio, el papel queda liberado al terminar la jornada. Se puede pasar el caso a un compañero y se pueden tomar vacaciones. La situación se comparte con el equipo y la experiencia se va acumulando.
Quien sostiene a un familiar o a alguien cercano no tiene nada de esto.
No hay una línea que marque el fin de la jornada, y de noche y en los días libres continúa el mismo papel. Muchas veces no hay nadie que pueda relevarte. Como no has recibido una formación especializada, tienes que buscar por ti mismo la manera de responder. Y cuanto más estrecha es la relación con la persona a la que sostienes, más entra su sufrimiento como sufrimiento propio.
Esta diferencia de condiciones influye en la velocidad del desgaste. Con un contenido de apoyo idéntico, llevarlo desde una posición sin escapatoria hace que se llegue antes al límite.
Y como el entorno da por supuesto que ese papel te corresponde, no hay ocasión de poner la carga en palabras. Aunque te digan que debe de ser duro, la conversación no sigue más allá de esa frase.
Señales que aparecen como embotamiento
En la fase inicial del desgaste puede aparecer un cambio en las emociones antes que la sensación de cansancio.
Escuchas a la otra persona y no sientes nada. Se suponía que estabas preocupado y, aun así, respondes por obligación. En una escena que antes te sacaba las lágrimas, nada se mueve.
Ese aplanamiento está funcionando como defensa. Si sigues recibiendo emociones intensas, el procesamiento no da abasto, de modo que se estrecha la cantidad misma que entra. Es un ajuste que se realiza sin que te des cuenta.
Quien lo vive interpreta el cambio como haberse vuelto frío. Quizá no aprecio de verdad a esta persona, quizá no tengo derecho a sostener a nadie. Esa interpretación genera culpa, y la culpa empuja el desgaste todavía más lejos.
El orden, sin embargo, es el inverso. Has dejado de sentir no porque te hayas vuelto frío, sino como resultado de haber sentido durante mucho tiempo. Es más exacto leerlo como un indicador del desgaste.
Hay otras señales que también aparecen. Piensas en otra cosa mientras la otra persona habla. Llega un mensaje y te pones en guardia. El sueño se te ha vuelto ligero. No alargas la mano hacia lo que antes disfrutabas. Brota una irritación fuerte hacia la persona a la que sostienes.
La culpa de tomar distancia
Después de advertir el desgaste, mucha gente se plantea tomar distancia. Y acto seguido lo descarta.
La otra persona lo pasa peor que yo. Si me aparto, quién va a sostenerla. Como este pensamiento contiene hechos, resulta difícil de refutar.
Lo que conviene comprobar aquí es qué ocurre si quien sostiene se derrumba. El apoyo se detiene. La otra persona se queda sin nadie que la sostenga y tiene que buscar un sustituto. Como resultado de haber rechazado siempre la distancia, se pierde el apoyo mismo.
Por eso el descanso no es un acto que hagas solo por ti. Es una condición para poder seguir sosteniendo. Colocado en ese lugar, la culpa se maneja de otra manera.
La distancia que se puede tomar en la práctica no consiste únicamente en apartarse del todo. Fijar las horas en las que atiendes los mensajes. Estar en otro sitio durante unas horas del día. Pedir una vez por semana que otra persona te releve. Incluso una distancia parcial cambia cómo avanza el desgaste.
El tiempo que exige tu propia recuperación
Sobre la recuperación de quien sostiene hay algunos puntos que conviene tener presentes.
Recuperarse de un estado de desgaste requiere tiempo en el que no estés sosteniendo a nadie. Pero un descanso corto puede no bastar. Lo que devuelven unas horas de reposo es una parte del cansancio, y el aplanamiento de las emociones lleva más tiempo.
Y lo que hace falta para recuperarse no es solo descanso. Se necesita un espacio donde sacar las propias emociones. En el terreno del apoyo contienes lo que sientes y te ajustas a la otra persona. Si no hay ningún lugar donde soltar lo contenido, la contención queda fija.
Es importante que la persona ante la que lo sacas no sea aquella a la que sostienes. Contarle la carga a ella aumenta su culpa. Hace falta un espacio con un tercero, o con personas que estén en la misma posición.
El desgaste de quienes participan en el apoyo, así como la forma de pensar con la que se protege quien asume los cuidados, tratan precisamente el diseño de esta recuperación.
A qué servicios puede acudir quien sostiene
Existen de hecho varias vías de consulta que se pueden usar desde la posición de quien sostiene.
Si asumes cuidados de larga duración, la puerta de entrada es un servicio público de orientación dirigido a las personas cuidadoras. En Japón esa función la cumple el centro integral de apoyo comunitario que gestiona cada municipio. Su cometido no abarca solo a la persona cuidada, sino también las consultas de quien cuida. Allí se obtiene información sobre las prestaciones a las que puedes acceder, sobre maneras de reducir la carga y sobre los espacios donde se reúnen personas en la misma situación.
Para la consulta de salud mental se puede recurrir al servicio público de salud mental de tu zona. En Japón cada prefectura y cada ciudad designada dispone de un centro de salud mental y bienestar que atiende justo esto. Se atienden tanto las consultas sobre la persona a la que sostienes como las que tienen que ver contigo.
Los espacios donde se reúnen personas en la misma posición también resultan eficaces. Las explicaciones se hacen breves y sacar lo que llevas dentro no te expone a reproches. Como el aislamiento intensifica el desgaste, este tipo de espacio tiene un peso considerable.
Y ten en cuenta también la posibilidad de que seas tú quien necesite atención médica. No poder dormir, un ánimo bajo que no remonta, síntomas físicos que se prolongan. Que una persona en posición de sostener acuda al médico no es un acto de abandono del apoyo. Es el cuidado que hace falta para poder seguir sosteniendo.