Inseguridad
Estado psicológico en el que se duda repetidamente de las propias capacidades o juicios. Tiende a provocar vacilación ante la acción y a alejar las oportunidades de afrontar desafíos.
Qué es la inseguridad
La inseguridad es un estado en el que pensamientos como «quizá no soy capaz» o «quizá mi juicio está equivocado» cruzan la mente repetidamente. Es natural sentir ansiedad cuando se afronta algo nuevo, pero cuando la inseguridad se cronifica, se renuncia antes de intentarlo o, incluso tras un éxito, se es incapaz de reconocer el propio mérito pensando «fue casualidad». Este patrón psicológico está profundamente relacionado con el síndrome del impostor.
En la raíz de la inseguridad influyen enormemente las experiencias pasadas. Haber escuchado repetidamente «tú no puedes» en la infancia, recuerdos de haber sido severamente reprendido por los fracasos, haber crecido en un entorno de comparación constante con otros: todo ello planta en lo profundo de la mente la creencia de «no soy suficiente». También en la edad adulta, las evaluaciones laborales y los tropiezos en las relaciones interpersonales refuerzan esta creencia, y el hábito de dudar de uno mismo se arraiga cada vez más.
El círculo vicioso que genera la inseguridad
Cuando falta confianza, se tiende a evitar la acción; al no actuar, no se acumulan experiencias de éxito; y al no tener experiencias de éxito, la confianza disminuye aún más. Lo problemático de este círculo vicioso es que la persona lo racionaliza fácilmente como «estoy siendo prudente» o «estoy evitando riesgos». En realidad solo está dominada por el miedo, pero lo confunde con un juicio sereno. Además, la inseguridad tiende a generar una dependencia excesiva de los demás. Al no poder decidir por uno mismo, se busca que otros decidan, y como resultado se refuerza la creencia de «no soy capaz de juzgar por mí mismo».
Cultivar la confianza
La confianza no es algo que «surge de repente un día», sino que se cultiva gradualmente mediante la acumulación de pequeñas acciones. El primer paso es darse permiso: «no tiene que ser perfecto». En lugar de aspirar a un 10, reconocer al yo que actuó aunque fuera con un 6. También es eficaz el hábito de anotar en un diario o notas «lo que he logrado hoy». El cerebro, si se le deja a su aire, tiende a recordar solo la información negativa; al registrar conscientemente hechos positivos, se restablece el equilibrio en la percepción de uno mismo.
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