La ciencia de cómo viajar alivia el estrés - El efecto en el cerebro de alejarse de la rutina
La novedad activa el sistema de recompensa del cerebro
En la base de la euforia que produce viajar se encuentra el «sistema de búsqueda de novedad» del cerebro. Cuando nos encontramos con un entorno nuevo, paisajes desconocidos o comidas que nunca hemos probado, la sustancia negra y el área tegmental ventral del mesencéfalo liberan dopamina. Esta liberación de dopamina favorece el aprendizaje de nueva información y la consolidación de la memoria.
En la vida cotidiana, la repetición de los mismos recorridos y de los mismos gestos hace que el cerebro procese como «nuevo» cada vez menos de lo que encuentra. Eso es lo que sentimos como «monotonía» o «aburrimiento». Viajar recupera de golpe una gran cantidad de esa novedad. La «sensación de vitalidad» que experimentas en un viaje es la forma subjetiva que adopta ese cambio.
Cambios en las hormonas del estrés al viajar
Un metaanálisis de la investigación sobre vacaciones publicado en 2009 mostró que las vacaciones mejoran realmente la sensación de salud y de bienestar, pero también que ese efecto regresa a su nivel anterior con bastante rapidez una vez que la persona vuelve al trabajo. Viajar es un dispositivo para soltar la tensión acumulada, no una magia que te consiga meses de holgura con un solo viaje. El tiempo que pasas en plena naturaleza, al haber muchos menos estímulos que reclamen tu atención, facilita ese trabajo de soltar.
Durante el viaje, al alejarte físicamente de las fuentes de estrés cotidianas (correos del trabajo, tareas domésticas, tensiones interpersonales), se interrumpe la respuesta crónica al estrés. Esta «distancia psicológica» favorece la predominancia del sistema nervioso parasimpático y promueve la respuesta de relajación del cuerpo. Lo fundamental es desconectar por completo del trabajo durante el viaje. Una conexión parcial genera un estado de «descanso sin descansar» y el efecto del cambio se diluye.
El bienestar que aporta la fase de planificación
El efecto psicológico del viaje comienza antes de partir. Una encuesta publicada en los Países Bajos en 2010 mostró que las personas con un viaje previsto tenían más bienestar antes de la salida que quienes no tenían ninguno, mientras que, en cambio, no eran muchas las que aumentaban su bienestar después de volver del viaje. La ilusión es mayor precisamente antes del viaje. Se considera que este «placer anticipatorio» (anticipatory pleasure) es una parte tan importante como el viaje en sí.
Planificar un viaje ofrece la «esperanza» de tener un acontecimiento agradable en el futuro. Leer guías, buscar alojamiento, hacer una lista de lugares que visitar: estos actos estimulan suavemente y de forma continua el sistema de recompensa del cerebro y funcionan como amortiguador frente al estrés diario. Incluso si finalmente no puedes viajar, el simple hecho de planificar ya mejora el estado de ánimo.
Viajar mejora la flexibilidad cognitiva
Las investigaciones demuestran que la experiencia intercultural mejora la flexibilidad cognitiva (la capacidad de contemplar las cosas desde múltiples perspectivas). En un estudio de INSEAD publicado en 2009, la cantidad de tiempo que las personas habían «vivido» en el extranjero se asociaba con una creatividad más alta. Sin embargo, en el mismo estudio no aparecía esa asociación con el tiempo que habían «permanecido» en el extranjero como viajeras. Cuanto más corto es el contacto, más cuenta implicarse de forma consciente y profunda en lugar de limitarse a mirar de manera pasiva.
En el destino te encuentras con frecuencia en situaciones donde tu «normalidad» no funciona. La barrera del idioma, costumbres diferentes, imprevistos. Estas experiencias enseñan al cerebro un patrón de pensamiento flexible: «no existe una única respuesta correcta». Esa actitud flexible puedes llevártela contigo, al volver, a la resolución de problemas en el trabajo y en las relaciones personales. Viajar es un medio poderoso para actualizar los patrones de pensamiento del cerebro.
¿Son eficaces también los viajes cortos?
Una buena noticia para quienes no pueden tomarse vacaciones largas: los estudios indican que también los viajes cortos producen recuperación física y mental. En una investigación publicada en 2012, incluso un descanso corto de cuatro a cinco días mejoraba la sensación de salud y el bienestar de las personas empleadas. Eso sí, esa mejora se diluye con bastante rapidez tras la vuelta al puesto de trabajo. Precisamente por eso, intercalar varios viajes cortos funciona mejor en el día a día que apostarlo todo a un gran viaje una vez al año.
Lo importante no es la duración del viaje, sino la calidad de la «desconexión total de la rutina». Incluso un viaje a un balneario cercano, si dejas el móvil y pasas tiempo en la naturaleza, puede ofrecer un efecto de renovación equivalente al de un viaje al extranjero. Por el contrario, si en un viaje internacional sigues revisando el correo del trabajo, el efecto se reduce a la mitad. Más que la distancia, es el «cambio psicológico» lo que determina el resultado.
El efecto a largo plazo de los recuerdos de viaje
El efecto psicológico del viaje no se limita al tiempo que dura, sino que perdura a través de la memoria tras volver a casa. Los recuerdos de viaje se almacenan como «memoria episódica» de forma vívida y, cada vez que los evocas, reactivan emociones positivas.
Un estudio publicado en 2003 mostró que comprar experiencias (viajes, conciertos, etc.) hace más felices a las personas que comprar objetos (ropa, gadgets, etc.). Los objetos pierden valor con el tiempo, pero los recuerdos de experiencias tienden a embellecerse y a aumentar la sensación de felicidad. Repasar las fotos del viaje, usar un recuerdo comprado en el destino, contar la experiencia a los amigos: estos actos prolongan el efecto del viaje en la vida cotidiana.
Alternativas cuando no puedes viajar
Aunque las limitaciones de tiempo o presupuesto te impidan viajar, existen formas de reproducir parcialmente el efecto psicológico del viaje. El concepto de «microaventura» propone incorporar pequeñas aventuras en la vida diaria.
Caminar por una calle por la que nunca has pasado, comer en un restaurante que no conoces, bajarte en una estación desconocida. Estas pequeñas experiencias novedosas generan, a menor escala, la misma sensación de «primera vez» que un viaje. Una «excursión de un día» a un pueblo cercano que no conoces durante el fin de semana también resulta eficaz. Lo importante es la elección consciente de «hacer algo diferente a lo habitual». Al incorporar intencionadamente nuevas experiencias en la rutina, puedes obtener un efecto de renovación cerebral similar al de viajar.
Prevenir la recaída del estrés tras el viaje
El «bajón posvacacional» de encontrarse con una montaña de trabajo al volver es algo que muchos experimentan. Para que el efecto del viaje dure más, también conviene cuidar cómo pasas los días posteriores al regreso.
Se recomienda reservar el día siguiente a la vuelta como día de transición y no arrancar a pleno rendimiento de golpe. Anota en un diario las reflexiones y sensaciones obtenidas durante el viaje y saborea conscientemente la inercia de la experiencia. Además, empezar a planificar el siguiente viaje (aunque sea pequeño) te permite mantener el «placer anticipatorio». Concibe el viaje no como un punto aislado, sino como una línea: al crear un ciclo de planificación, experiencia, reflexión y nueva planificación, contribuyes a una mejora sostenida del bienestar.
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