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Viajar cambia tu cerebro - La ciencia del movimiento que potencia la flexibilidad cognitiva y la creatividad

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El cerebro del viajero es estructuralmente diferente

«Viajar cambia a las personas» no es una metáfora, sino un hecho neurocientífico. Desplazarse a un entorno diferente produce cambios medibles en la corteza prefrontal y el hipocampo del cerebro.

Las investigaciones del profesor William Maddux, de la escuela de negocios INSEAD, han estudiado durante años la relación entre la experiencia de vivir en el extranjero y la creatividad. Los resultados muestran repetidamente que quienes han vivido en otro país obtienen puntuaciones significativamente más altas en tests de resolución creativa de problemas que quienes no lo han hecho. Lo importante es que este efecto no es proporcional al hecho de «haber ido al extranjero», sino al grado de «implicación profunda con otra cultura». Limitarse a recorrer lugares turísticos tiene un efecto reducido: es necesario interactuar con la gente local, enfrentarse a valores diferentes y que se tambaleen tus propias premisas.

Flexibilidad cognitiva: cuando lo «normal» se desmorona

La flexibilidad cognitiva es la capacidad de cambiar el marco de pensamiento según la situación. En la vida cotidiana actuamos inconscientemente basándonos en premisas (esquemas) del tipo «así son las cosas». Los trenes llegan puntuales, los dependientes son amables, se come con palillos o con tenedor. Estos esquemas son eficientes, pero fijan el pensamiento.

En un entorno intercultural, esos esquemas dejan de funcionar. Países donde el autobús ignora el horario, mercados donde regatear es lo normal, culturas donde se come con las manos. Al enfrentarte repetidamente a situaciones en las que tu «normalidad» no sirve, el cerebro desarrolla circuitos de pensamiento flexibles que no se aferran a una única respuesta correcta.

Este efecto se conoce en psicología como «desautomatización (deautomatization)». Los patrones de pensamiento automatizados se suspenden temporalmente y se recupera la capacidad de ver las cosas con ojos frescos. El poder del viaje reside en que un adulto puede reproducir intencionadamente el mismo estado con el que un niño contempla el mundo con asombro. (En libros sobre comprensión intercultural puedes profundizar en el tema)

La relación entre creatividad y «distancia psicológica»

La investigación de Lile Jia y Evan Polick, de la Universidad de Indiana, reveló la relación entre «distancia psicológica» y creatividad. Con solo imaginar un lugar físicamente lejano se estimula el pensamiento abstracto y mejora la capacidad de resolución creativa de problemas.

En el experimento, se pidió a los participantes que imaginaran un «lugar cercano» o un «lugar lejano» y después realizaran un test de creatividad. El grupo que imaginó un lugar lejano generó más respuestas originales que el que imaginó uno cercano. La distancia física genera distancia psicológica, la distancia psicológica estimula el pensamiento abstracto y el pensamiento abstracto potencia la creatividad. Esta cadena es uno de los mecanismos por los que viajar estimula la creatividad.

Esta teoría explica por qué tantos escritores, artistas y emprendedores obtienen sus mejores ideas viajando. Hemingway en París, Steve Jobs en la India, Haruki Murakami en Grecia. Al alejarse físicamente de lo cotidiano, el pensamiento se libera de las restricciones del día a día.

Tres condiciones para maximizar el efecto del viaje

1. Aceptar la incertidumbre

En un viaje organizado donde todo el itinerario está controlado, la flexibilidad cognitiva apenas se entrena. Imprevistos, situaciones en las que no te entienden, perderte: esta «incertidumbre» es precisamente el estímulo que hace crecer al cerebro. Un viaje completamente planificado es cómodo, pero para el cerebro no es más que una extensión de la rutina.

2. Relacionarte en profundidad con la gente local

Como muestra la investigación del profesor Maddux, el efecto sobre la creatividad es proporcional a la «profundidad de la implicación intercultural». No te limites a fotografiar monumentos: compra en el mercado local, come en un restaurante del barrio y, si es posible, acepta una invitación a casa de alguien del lugar. Aunque exista barrera idiomática, la experiencia de construir relaciones mediante comunicación no verbal expande la red de cognición social del cerebro.

3. Verbalizar la experiencia tras el regreso

El proceso de poner en palabras la experiencia del viaje (en un diario, un blog o una conversación) es imprescindible para fijarla en la memoria a largo plazo y transferir las ideas obtenidas a la vida cotidiana. La perspectiva comparativa de «en aquel país era así» mantiene la capacidad de ver la rutina con ojos nuevos tras volver. Las experiencias que no se verbalizan se comprimen en pocas semanas en una vaga sensación de «fue divertido» y el efecto cognitivo se diluye. (Los libros sobre cómo escribir relatos de viaje también son una buena referencia)

Alternativas cuando no puedes viajar

Incluso quienes no pueden viajar con frecuencia disponen de formas de reproducir parcialmente el efecto cognitivo del viaje. Cambiar la ruta al trabajo, comer en un restaurante que nunca has probado, ver una película en otro idioma sin subtítulos, asistir a eventos de comunidades extranjeras. Todo ello sacude los esquemas cotidianos y exige al cerebro «adaptarse a un entorno nuevo». Aunque la escala sea menor, el mecanismo de desautomatización es el mismo.

Resumen

Viajar cambia físicamente el cerebro. Mejora de la flexibilidad cognitiva, estímulo de la creatividad, renovación del pensamiento mediante la desautomatización. Estos efectos no nacen del turismo, sino de la «implicación profunda con otra cultura». En tu próximo viaje, elige la incertidumbre antes que la comodidad y los encuentros con personas antes que los monumentos. El cerebro crece más donde menos cómodo se siente.

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