Cuando el premio baja las ganas - Las condiciones en que la recompensa erosiona el impulso de actuar
Puse el premio y la actividad se detuvo
Un niño dibujaba por su cuenta. Lo hacía bien, así que se estableció un acuerdo: una pegatina por cada dibujo terminado. Al principio dibujaba con gusto. Cuando las pegatinas dejaron de llegar, también dejó de dibujar.
A los adultos les pasa lo mismo. Alguien que corría por afición empieza a competir con sus tiempos y deja de correr cuando no consigue la marca que quería. Alguien a quien le gustaba leer se fija un número de libros como objetivo y ya no logra leer.
Si se parte de la premisa de que la recompensa aumenta las ganas de actuar, este resultado no tiene explicación. Lo que ocurre en realidad es una sustitución. A las ganas que sostenían la actividad porque la actividad misma resultaba interesante se las llama Motivación intrínseca, y al añadir una recompensa desde fuera el motivo para actuar puede trasladarse allí, de modo que el original deja de consultarse.
Las condiciones en que la recompensa sustituye las ganas
Los motivos para hacer algo vienen, en líneas generales, de dos sitios distintos.
Uno es el estado en el que la actividad misma resulta interesante, o en el que se siente que tiene sentido. Dibujar es divertido, correr deja buen ánimo, se quiere saber qué dice el libro.
El otro es el estado en el que se obtiene algo como resultado de la actividad. Llega una pegatina, la marca mejora, el objetivo se cumple.
El problema es que, al introducir el segundo, el primero puede quedar relegado a un segundo plano. Cuando el motivo para actuar se traslada al exterior, el motivo interior deja de consultarse. Y cuando la recompensa exterior se detiene, el motivo interior tampoco vuelve.
La condición en la que ocurre este fenómeno está clara: se trae una recompensa externa a una actividad que ya se sostenía por un motivo interno.
A la inversa, en las actividades que nunca se emprenden por iniciativa propia, introducir una recompensa no cuesta nada, porque allí no hay nada que perder. Tareas que desagradan, trámites necesarios pero nada interesantes. La recompensa, en ese caso, simplemente ayuda a arrancar, y el marco del Condicionamiento operante, según el cual lo que sigue a una conducta cambia su frecuencia, se aplica aquí sin complicaciones.
Cuando se premia algo que ya gustaba
Por eso lo primero que conviene comprobar es cuál de los dos motivos mueve la actividad en este punto.
Empezar sin que nadie lo diga, perder la noción del tiempo, seguir aunque no salga bien. Si se ven estas señales, la actividad se mueve por el motivo interior. Traer una recompensa aquí sale a pérdida.
No hacerlo si no se lo dicen, parar a mitad, abandonarlo cuando no llegan los resultados. Si se ven estas señales, el estado pide apoyo desde fuera. Ahí sí se puede usar la recompensa.
El error se produce con más facilidad cuando se intenta hacer crecer una conducta buena. Se ve a un hijo haciendo algo por iniciativa propia, se desea que lo haga más, y se añade una recompensa. La intención es buena y el resultado erosiona esa iniciativa.
Lo que corresponde añadir en ese caso no es una recompensa, sino un entorno. Tener los materiales a mano, reservar el tiempo, crear un lugar donde colocar lo terminado. El apoyo que facilita mantener una actividad no sustituye su motivo.
La diferencia entre cómo se elogia y la recompensa
Lo que más se confunde con la recompensa es el reconocimiento verbal. Su naturaleza, sin embargo, es distinta.
La recompensa se intercambia por la conducta. Si lo haces, se da; si no lo haces, no se da. Esa relación de intercambio traslada al exterior el motivo para actuar.
El reconocimiento verbal puede funcionar como información en lugar de como intercambio. Aun así, el efecto cambia según la forma de elogiar.
El elogio que valora el resultado se acerca a una recompensa. «Qué bien lo haces.» «Muy bien hecho.» Cuando esa forma se repite, obtener la valoración pasa a ser el objetivo, y se evitan los retos en los que parece probable fallar.
El elogio que menciona el proceso o el ingenio sostiene el motivo interior. «¿Cómo se te ocurrió esta combinación de colores?» «Las líneas te han salido más finas que antes.» Es una forma que muestra interés, no la concesión de una nota.
La forma más sencilla es preguntar. Qué has dibujado, qué parte costaba. Dirigir el interés hacia lo hecho puede actuar con más fuerza que el reconocimiento.
Qué vigilar en el estudio de un hijo
En el terreno del estudio, el diseño de la recompensa cambia mucho el resultado.
Lo que conviene evitar es la recompensa por el resultado. Si se ata una cantidad de dinero a la nota de un examen, el interés se dirige a los métodos para conseguir la nota. El interés por el contenido que se aprende no llega a crecer.
Lo que sí sirve es la recompensa por la conducta. Se sentó a la mesa, trabajó el tiempo acordado. Como la conducta está bajo el control de la propia persona, cumplirla es posible y resulta menos probable que dañe el interés por el contenido.
También hace falta un diseño que retire la recompensa por etapas. Cuando la conducta se asienta como hábito, se baja la frecuencia de la recompensa. Una conducta que ya es hábito continúa sin ella.
Lo más importante es dejar margen de elección. Donde la persona puede escoger qué hacer, cuándo hacerlo y de qué manera, el motivo interior se conserva mejor. Si se especifica todo y se impulsa con recompensas, la experiencia de elegir por uno mismo nunca se acumula. Las formas de despertar las ganas de aprender ponen ese margen de elección en el centro.
Si se usa en los propios hábitos
Cuando uno se fija recompensas a sí mismo, se aplica el mismo principio.
Primero, comprobar si la actividad gusta. Al poner una recompensa a algo que gusta, el motivo por el que gustaba se diluye. A quien le gusta el ejercicio le durará más si no aprieta las marcas ni los objetivos.
Para las actividades que desagradan pero son necesarias, sí se puede usar la recompensa. Tramitar papeles, limpiar, pedir cita para una revisión. Ordenarlo como «al terminar, hago algo que me gusta» aligera el arranque.
También conviene elegir en qué consiste la recompensa. Si se toma algo sin relación con la actividad (dulces, compras), la recompensa misma tiende a convertirse en el objetivo. Algo que esté en la prolongación de la actividad (un buen baño después de correr, pasar el rato en una habitación ya ordenada) mantiene corta la distancia entre actividad y recompensa, y la sustitución resulta menos probable. Los dulces y las compras se sienten como recompensas potentes porque el Sistema de recompensa del cerebro responde a ese estímulo por sí mismo, desligado de la actividad que se quería sostener.
Hay además un método que consiste en usar el registro en lugar de la recompensa. Los días seguidos, la cantidad avanzada. Que los números suban puede convertirse por sí solo en el apoyo, y funciona sin que nadie entregue nada desde fuera. Combinado con cómo armar una rutina que se acumula, aparece a la vista una forma que no se apoya en recompensas.