Relaciones

Pasan los días sin que contestes el mensaje de una amistad - Por qué pesa tanto responder y la frase que reanuda la conversación

Este artículo se lee en unos 7 minutos Redacción y gestión: Kokomori

Cuanto más piensas que debes contestar, menos lo abres

Hay un mensaje de una amistad esperando. Nada de lo que dice es urgente. Unas líneas contando cómo le va y una invitación a verse algún día.

Lo leíste. Pensabas contestar. Pero en ese momento estabas algo cansada, así que decidiste escribir más tarde, cuando las cosas estuvieran más calmadas. Ese más tarde se convirtió en tres días, luego en dos semanas, y ya ha pasado un mes.

No es que no tengas intención de responder. Al contrario: precisamente porque esa persona te importa, no quieres mandarle cualquier cosa hecha de prisa. Y sin embargo lo único que se acumula es el tiempo.

La falta de plazo es lo que le da peso

Puedes contestar el correo del trabajo y en cambio no puedes contestar a una amistad. Esa diferencia tiene una explicación.

Los intercambios laborales llevan plazo. Lo que tiene plazo basta con resolverlo antes de que llegue ese plazo. El grado de acabado también viene fijado de antemano: el nivel que exige el trabajo, y ni uno más.

La comunicación privada no tiene plazo. Puedes contestar cuando quieras. Esa libertad es justamente lo que vuelve difícil la decisión: los Límites de cuánto le debes a la otra persona los trazas tú. La idea de que no hace falta responder ahora mismo se traduce sola en la idea de que existe un motivo para no responder ahora, y así sigue dando legitimidad a la Procrastinación.

Tampoco hay un criterio de acabado. Contestar en pocas líneas a un texto largo, ¿resulta descortés? Si te han preguntado por tu vida, ¿no deberías escribir tú otro tanto? Al no existir un criterio, acabas imponiéndote una exigencia que no tiene techo, y decidir se convierte en Carga cognitiva.

El resultado es que un mensaje que debería costarte muy poco se convierte en una tarea más pesada que un correo de trabajo.

Qué hacer con la explicación del retraso

El factor que más dificulta responder a medida que pasa el tiempo es que el propio retraso empieza a pedir una explicación.

A los tres días puedes contestar sin decir nada al respecto. Al mes te entran ganas de justificar por qué no dijiste nada. Se añade así una tarea nueva, que es pensar esa justificación, y encima, si la escribes con sinceridad, sale que no hubo ningún motivo en particular. Eso te parece descortés y entonces escribes todavía menos.

Lo que funciona aquí es dejar la explicación en algo breve. La otra persona no quiere saber el motivo: lo que recibe es el hecho mismo de que haya llegado una respuesta.

Estas son fórmulas que puedes usar. Perdona por tardar en contestar ya basta por sí sola. Si quieres añadir un motivo, algo del estilo de he andado con mucho lío es suficiente, y no hace falta detallar nada.

También existe la posibilidad de responder sin mencionar el retraso. Contestas directamente a lo que te escribieron y dejas el hueco de tiempo sin tocar. Con alguien a quien tratas desde hace años, esto no suele generar ningún problema.

En cualquiera de los dos casos, cuantas menos palabras gastes en explicar el retraso, más fuerza podrás dedicar al asunto principal.

Cómo escribir la frase que lo reanuda

Cuando quieres poner en marcha un intercambio detenido, aspirar a una respuesta acabada y completa es el camino menos fiable.

Lo primero es darte permiso para ser breve. A sus diez líneas puedes contestar con dos. La simetría de volumen no se te exige.

Lo segundo es reducir aquello a lo que respondes. De todo lo que escribió esa persona, reacciona solo a una cosa. Si intentas atender a todo, el mensaje se alarga, y en cuanto se alarga ya no lo escribes.

Lo tercero es incluir una acción siguiente. Tengo ganas de verte pronto. ¿Qué tal el mes que viene? Basta con que entre una propuesta concreta para que la conversación avance a partir de ahí. Genera continuidad con mucha más facilidad que una respuesta que solo intercambia novedades.

Si te atascas al empezar, poner un límite de tiempo ayuda. Decides que lo escribes en cinco minutos y lo envías. Lo que se puede escribir en cinco minutos sale corto, pero vale más que un texto perfecto que nunca se manda.

Cuando sientes que la amistad ya se ha terminado

Si pasas mucho tiempo sin contestar, aparece la sensación de que ya es demasiado tarde. Esa persona te habrá dado por perdida, y escribirle a estas alturas solo sería una molestia.

Esa lectura falla la mayoría de las veces. Lo que la gente suele sentir hacia quien tarda en responder no es enfado, sino la suposición de que estará ocupada. Y del otro lado también es frecuente que haya algún mensaje propio sin contestar guardado en alguna parte.

Hay exactamente una manera de comprobarlo, y es escribir. Si no llega nada de vuelta, ya lo pensarás en ese momento. Comprobarlo y aceptar el resultado deja menos residuo que dejar morir una amistad sin haber escrito nunca.

Y que un vínculo se adelgace no es en sí un fracaso. Cuando cambia la etapa de la vida, los vínculos se reparten entre los que siguen y los que no. Si tienes en cuenta las formas de sostener vínculos lejanos, mantener el trato bajando la frecuencia entra también entre las opciones.

Diseñar tu propia velocidad de respuesta

Para que la misma situación no se repita, un camino consiste en decidir por adelantado cómo vas a tratar las respuestas.

Una regla es no separar el momento de leer del momento de contestar. Si lo abres, contestas. Si no puedes contestar, no lo abres. Con esa regla nunca llega a existir el estado de dejarlo visto y sin tocar.

Otra es tomar la respuesta corta como norma. Si pones como referencia un texto largo y cuidado, no podrás contestar ningún día que no llegue a ese nivel. Si fijas dos líneas como norma, podrás contestar incluso los días de cansancio.

Y otra es reservar tiempo para responder. Una vez por semana, fijas un rato para contestar lo que se ha acumulado. Si decides que hasta ese rato no contestas, la culpa por no haber respondido se diluye en el día a día.

Que responder pese no significa que estés tratando con ligereza a la otra persona. Es más bien el resultado de haber querido tratarla con cuidado. Baja un poco el criterio de cuidado y aumentará el número de veces que consigues contestar.

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