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Aceptar tus preferencias sexuales - Para ti, que te preocupa no ser «normal»

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No existe una preferencia sexual «normal»

Investigaciones a gran escala sobre preferencias sexuales han demostrado que muchas fantasías sexuales consideradas «inusuales» son en realidad compartidas por entre el 30% y el 60% de la población. Fantasías de dominación y sumisión, fetichismo, fantasías exhibicionistas o voyeuristas: la mayoría de las preferencias tachadas de «anormales» se encuentran estadísticamente dentro del rango de lo «normal».

El problema no son las preferencias en sí, sino la sensación de vergüenza de pensar «¿seré raro?». Esta vergüenza nace de un entorno social donde el diálogo abierto sobre sexualidad es escaso. Al no poder consultarlo con nadie y cargarlo en soledad, la vergüenza se amplifica y evoluciona hacia el autodesprecio.

¿De dónde vienen las preferencias sexuales?

El mecanismo de formación de las preferencias sexuales no se ha esclarecido por completo, pero se considera que intervienen múltiples factores. Experiencias de la infancia, estímulos que se asociaron casualmente con la excitación sexual durante la pubertad, predisposición genética, entorno hormonal: todo actúa de forma combinada.

Lo importante es que las preferencias sexuales no son algo que se «elige». Al igual que ser zurdo o los gustos musicales, no se pueden controlar intencionadamente. Precisamente porque no es algo que puedas dejar de sentir por mucho que quieras, se hace necesaria la elección de aceptar.

Preferencia y conducta son cosas distintas

Una distinción crucial para la autoaceptación es que «tener una preferencia» y «actuar según esa preferencia» son cosas diferentes. Existe una gran distancia entre excitarse con una fantasía y llevarla a cabo. El mundo de la fantasía es libre, y los pensamientos o sentimientos en sí mismos no son moralmente «malos». Los criterios éticos de consentimiento y seguridad se aplican únicamente cuando una preferencia se traduce en acción.

Tres pasos para la aceptación

1. Juzgar según la presencia o ausencia de «daño»

El único criterio para evaluar una preferencia sexual es: «¿se practica entre adultos que consienten y no daña a nadie?». Mientras se cumpla este criterio, ninguna preferencia es patológica. El DSM-5 (manual diagnóstico de trastornos mentales) tampoco considera las preferencias sexuales en sí como un trastorno; solo se diagnostica «trastorno parafílico» cuando causan un sufrimiento significativo a la persona o perjudican a otros.

A la inversa, si una preferencia se está convirtiendo en fuente de sufrimiento, merece la pena buscar apoyo profesional. Sin embargo, el objetivo no es «eliminar la preferencia» sino «encontrar una forma de convivir con ella». Los intentos de borrar preferencias mediante «terapia de conversión» carecen de base científica y muchas organizaciones profesionales se oponen por considerarlos dañinos.

2. Verbalizar la vergüenza

Cuando sientes vergüenza por tus preferencias, profundiza en de dónde viene esa vergüenza. ¿De la educación de tus padres? ¿De un trasfondo religioso? ¿De la influencia de los medios? Al identificar el origen de la vergüenza, puedes darte cuenta de que no es «tu propio juicio» sino «un valor impuesto desde fuera». Este descubrimiento es el primer paso hacia la liberación de la vergüenza. Los libros sobre sexualidad (Amazon) pueden ayudarte a profundizar en la comprensión.

Una técnica eficaz para verbalizar la vergüenza es escribirla. «¿De qué exactamente me avergüenzo?» «¿De quién es la voz que me critica en mi cabeza?» «Si un amigo me confesara la misma preferencia, ¿qué le diría?». Tomar prestada una perspectiva de tercera persona revela la estructura de ser severo solo consigo mismo.

3. Compartir en un espacio seguro

Un compañero/a de confianza, un terapeuta con conocimientos sobre sexualidad, una comunidad en línea anónima. Verbalizar y compartir tus preferencias en un entorno seguro reduce drásticamente la sensación de aislamiento. El poder curativo de saber que «no soy el único» es inmenso.

Al elegir un espacio para compartir, ten en cuenta que no todas las comunidades anónimas son seguras. Evita grupos donde la atmósfera no respeta el consentimiento o los límites de los participantes. Las comunidades saludables tienen reglas claras: no ridiculizar las preferencias ajenas, no exponer información personal, no presionar a nadie para que participe en actividades.

Compartir con la pareja

Revelar tus preferencias a tu pareja requiere un gran valor. Es natural temer el riesgo de rechazo. Al hacerlo, es importante transmitirlo como una revelación personal («tengo esta faceta») en lugar de exigir a la otra persona que lo practique. Que la otra persona lo acepte o no es su libertad, y que no lo acepte no significa que tus preferencias estén «equivocadas». Los libros sobre relaciones de pareja (Amazon) también pueden ser de ayuda.

El momento también importa. Habla de ello en un momento cotidiano y tranquilo, no durante la intimidad, para dar a tu pareja espacio para procesar. No necesitas revelarlo todo de una vez. Un enfoque gradual, profundizando la conversación mientras observas las reacciones de tu pareja, protege la relación.

Trampas comunes

Intentar «curarse»

Considerar tus preferencias sexuales como «anormales» e intentar eliminarlas casi siempre fracasa. Negar continuamente tus preferencias puede reforzar patrones de pensamiento obsesivo. La represión es lo opuesto a la aceptación y daña la salud mental.

Imponer tus preferencias a otros

La aceptación significa «afirmar tus propias preferencias», no «hacer que otros también las acepten». Si tu pareja no comparte la misma preferencia, esa es su libertad. Respetar los límites de tu pareja y negar tus propias preferencias son actos completamente diferentes.

Conclusión

La diversidad de las preferencias sexuales es parte de la naturaleza humana. No necesitas encajarte en el molde de lo «normal». Mientras no dañes a nadie, tus preferencias son parte de ti y no hay motivo para avergonzarse. El primer paso hacia la autoaceptación es evaluar tus preferencias únicamente por si causan daño, y soltar la vergüenza impuesta desde fuera.

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