Fomentar la curiosidad de los hijos - Cómo no aplastar sus «¿por qué?»
La curiosidad es la base del rendimiento académico
El factor que más influye en el rendimiento académico de un niño no son las academias ni los materiales, sino la «curiosidad». Los niños con una curiosidad fuerte poseen la capacidad de investigar, pensar y experimentar por sí mismos. Esta motivación intrínseca tiene mucha más capacidad de persistencia que la imposición externa (notas de exámenes, premios).
Sin embargo, la curiosidad no crece sola si se la deja a su aire: según la forma en que los adultos del entorno interactúen con el niño, puede florecer o marchitarse. Un solo comentario de los padres puede amplificar el deseo de saber más, o por el contrario, provocar que el niño se retraiga tanto que no vuelva a preguntar.
3 tipos de respuestas que cultivan la curiosidad
1. Acoger con un «¡buena pregunta!»
Ante el «¿por qué el cielo es azul?» de un niño, más importante que dar una respuesta precisa es afirmar la pregunta en sí. Reacciones como «¡buena pregunta!» o «¡qué observación tan interesante!» transmiten el mensaje de que «tener dudas es algo bueno». La exactitud de la respuesta es secundaria; el simple hecho de que un adulto escuche con seriedad ya constituye una gran validación para el niño.
2. Involucrar con un «vamos a investigarlo juntos»
No es necesario responder al instante a todas las preguntas. Decir «yo tampoco lo sé, vamos a investigarlo juntos» enseña al niño dos cosas importantes: «no saber algo no es vergonzoso» y «si se investiga, se puede averiguar». Abrir una enciclopedia, hacer un experimento, ir a la biblioteca. El propio proceso de investigación es la mejor educación. (Los libros sobre educación infantil también son útiles como referencia)
3. Devolver la pregunta con un «¿tú qué crees?»
Antes de dar la respuesta, devolver la pregunta con «¿tú qué crees?» hace que el niño adquiera el hábito de pensar por sí mismo. No importa si la hipótesis es incorrecta. El proceso de formular hipótesis, verificarlas y corregirlas es el prototipo del pensamiento científico.
Patrones negativos que aplastan la curiosidad
«No preguntes esas cosas»
Es una frase que se escapa cuando se está ocupado, pero el niño aprende que «si pregunto, me regañan» y deja de verbalizar sus dudas. Cuando no se puede responder de inmediato, se promete «luego lo pensamos juntos» y se cumple la promesa sin falta.
Evaluar solo el resultado
Si solo se elogian las notas de los exámenes o los productos terminados, el niño encuentra valor únicamente en «dar la respuesta correcta» y empieza a temer los errores. Evaluar el proceso con «has pensado mucho» o «qué forma tan interesante de hacerlo» cultiva la actitud de atreverse a intentar.
Adelantarse dando la respuesta
Si se da la respuesta mientras el niño está pensando, aprende que «no necesito pensar porque los adultos me lo dirán». Es necesaria la paciencia de no temer el silencio y esperar a que el niño articule la respuesta con sus propias palabras. (Los libros sobre crianza y educación permiten aprender técnicas concretas)
Un error frecuente: «Tengo que responder a todo»
Muchos padres creen que necesitan poseer el conocimiento correcto para fomentar la curiosidad. En realidad, la actitud de poder decir con honestidad «no lo sé» tiene un mayor efecto educativo. Los niños aprenden de sus padres el modelo de que «los adultos tampoco lo saben todo» y «se puede averiguar investigando». Por el contrario, dar siempre la respuesta correcta de inmediato elimina la necesidad del niño de explorar por su cuenta.
Incorporar «descubrimientos» en la vida cotidiana
No hacen falta materiales ni experiencias especiales. Detenerse durante un paseo ante «¿qué flor será esta?», preguntar mientras se cocina «¿por qué el huevo se solidifica al calentarlo?». El hábito de encontrar «misterios» en la vida cotidiana estimula de forma natural la curiosidad del niño. Invitar a calcular mirando las etiquetas de precios en el supermercado, notar cómo cambia la forma de la luna al mirar el cielo nocturno: cualquier momento del día a día puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Lo más importante es que los propios adultos mantengan la sensibilidad de encontrar cosas interesantes en lo cotidiano. Cuando los niños ven a sus padres disfrutar con algo, llegan a creer que «el mundo es un lugar fascinante».
Enfoques diferentes según la edad
En la primera infancia (de los 3 a los 5 años aproximadamente) se suceden cadenas de «¿por qué?». Cuando no se sabe qué responder, «vamos a verlo juntos» es la mejor opción. En los primeros años de primaria, el niño empieza a desarrollar la capacidad de investigar por sí mismo. Colocar enciclopedias y diccionarios al alcance e invitarle con «intenta buscarlo tú» resulta eficaz. A partir de los cursos superiores aumentan las preguntas abstractas («¿por qué hay guerras?», «¿qué es la justicia?»). Aquí, en lugar de imponer la respuesta correcta, dialogar con «yo creo esto, pero ¿tú qué piensas?» es lo que cultiva adquiera el hábito del pensamiento crítico.
El siguiente paso
Empieza hoy con una sola cosa. Cuando tu hijo pregunte algo, espera 3 segundos antes de responder y di «¡buena pregunta!». Notarás cómo cambia su expresión. Una vez que se crea un ambiente que acoge las preguntas, el niño desarrolla de forma natural El hábito de encontrar asombro y empieza a querer aprender por sí mismo.