Familia

Cómo mejorar la comunicación familiar

Este artículo se lee en unos 7 minutos Redacción y gestión: Kokomori

Por qué es tan difícil la comunicación en familia

Precisamente porque la familia es lo más cercano que tenemos, la comunicación puede volverse difícil. La expectativa de que «deberían entenderme sin necesidad de decirlo», los papeles que se han fijado a lo largo de años de convivencia y el recuerdo de conflictos pasados: todo eso obstaculiza un diálogo sincero.

Virginia Satir, una de las fundadoras de la terapia familiar, clasificó los patrones de comunicación familiar en cuatro tipos: el conciliador (se acomoda en exceso al otro), el acusador (culpa al otro), el superrazonable (elimina la emoción) y el irrelevante (desvía el tema). Darse cuenta de estos patrones es el primer paso de la mejora.

Métodos prácticos para mejorar la comunicación

Reservar un tiempo familiar periódico

Por ejemplo, en medio del ajetreo diario, las ocasiones en que toda la familia coincide y conversa son sorprendentemente escasas. Una vez por semana, en la hora de la comida o en un rato de reunión en el salón, cree de forma intencionada un espacio para el diálogo.

Lo importante no es la duración, sino la frecuencia. Un rato breve que se repite a diario funciona mejor que una conversación larga una vez al mes. Mientras lo que se cuenta se queda en «lo que ha pasado hoy», el umbral para abrir la boca sigue siendo bajo. Cuando, por el contrario, se ensanchan los intervalos entre conversaciones, el simple hecho de hablar después de mucho tiempo genera tensión, y se instala la idea de que, si se va a reservar un momento para ello, el tema tendrá que ser algo serio.

En este punto es esencial eliminar los estímulos externos, como la televisión y el teléfono móvil. Existen estudios que muestran que la mera presencia de los dispositivos reduce tanto la calidad como la cantidad de la conversación.

Cuidar la actitud de escucha

Cuando escuchamos a un familiar, nos vienen ganas de ofrecer «consejos» o «soluciones». Sin embargo, en la mayoría de los casos, lo que la otra persona busca no es una solución, sino comprensión y empatía.

Sobre todo con los niños y con los adolescentes, la clave está en acoger primero la emoción. Palabras de empatía como «debe de haber sido duro» o «es natural sentirse así» construyen la base de la confianza.

Expresarse con mensajes en primera persona

En lugar de «tú nunca recoges» (mensaje en segunda persona), diga «cuando la habitación está desordenada, yo no me siento tranquila» (mensaje en primera persona). Al poner «yo» como sujeto, se pueden transmitir los propios sentimientos sin atacar al otro.

El mensaje en primera persona se compone de tres elementos: la descripción del hecho, la propia emoción y su motivo. Se transmite así: «(hecho) cuando no volviste a la hora acordada, (emoción) me preocupé, (motivo) porque no había ningún aviso tuyo».

Poner por escrito las normas de la familia

Las normas tácitas son un caldo de cultivo para los malentendidos. En cuestiones como el reparto de las tareas del hogar, la hora de llegada o el tiempo de uso del teléfono móvil, resulta eficaz hablarlo en familia, fijar las normas y ponerlas por escrito en una forma que todos hayan aceptado.

También es importante revisar las normas periódicamente. Se requiere una actitud capaz de ajustarlas con flexibilidad a medida que los hijos crecen y cambian las circunstancias de la familia.

Cómo afrontar la brecha entre generaciones

Es natural, por ejemplo, que la generación de los padres y la de los hijos tengan valores y estilos de comunicación distintos. Para la generación de nativos digitales, la comunicación en las redes sociales tiene la misma importancia que el trato cara a cara.

Aceptar las diferencias entre generaciones como «diferencias» y no como «errores» es la premisa de un diálogo constructivo. La disposición a intentar entender el mundo del otro es la clave para salvar la distancia.

Los límites de la mejora de la comunicación

Cuando los problemas familiares son graves (maltrato, adicciones, trastornos mentales severos, entre otros), resolverlos solo dentro de la familia es difícil. No dude en buscar terapia familiar o en consultar a un organismo especializado.

Además, no todas las relaciones familiares se pueden mejorar. Hay casos en los que tomar distancia es la mejor opción disponible. Poner por delante su propia salud física y mental no es en absoluto un acto egoísta.

Aprovechar la mesa para comunicarse

La hora de la comida tiene un significado especial en la comunicación familiar. La relación entre la frecuencia con que la familia se sienta a la mesa y el desarrollo de los hijos es un tema que despierta interés desde hace mucho tiempo, y se han presentado de forma reiterada informes según los cuales los niños de hogares donde se conversa mucho en la mesa tienen un vocabulario más rico y muestran mejor tendencia también en lo académico. La mesa tiene la particularidad de no necesitar una «señal para empezar a hablar», y se considera que eso es lo que acaba manifestándose como diferencia en la cantidad de conversación.

El truco para animar la conversación en la mesa consiste en no lanzar una pregunta vaga como «¿qué tal hoy?», sino una concreta como «¿qué es lo más divertido que te ha pasado hoy?». Una pregunta fácil de responder crea la ocasión para un diálogo natural. Los fines de semana también resulta eficaz la comunicación a través de una tarea compartida, como cocinar juntos en familia.

Puntos clave de este artículo

  • Métodos prácticos para mejorar la comunicación
  • Acoger las diferencias generacionales como «diferencias» y no como «errores»
  • Saber que la mejora tiene límites y que consultar a un organismo especializado es una opción
  • Reservar un tiempo familiar periódico

Conclusión: empezar por los pequeños cambios

La mejora de la comunicación familiar no se logra de un día para otro. Empiece hoy mismo por dejar el teléfono móvil lejos de la mesa durante la cena y por escuchar hasta el final lo que le cuenta su familia.

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