Liberarse del complejo corporal - La maldición de «si no estás delgada, no vales»
La insatisfacción corporal generalizada
Mirarse al espejo y sentir decepción por el propio cuerpo. Es una experiencia de la que se habla ampliamente, sin distinción de sexo y sin distinción de edad. Desde que las redes sociales entraron en la vida cotidiana, las ocasiones para comparar el cuerpo de los demás con el propio se cuentan por decenas cada día. No es raro oír a alguien decir que, después de mirar imágenes retocadas durante media hora, se dio cuenta de que su ánimo había caído.
El problema es que el «cuerpo ideal» es biológicamente irrealista. Un cuerpo como el de las modelos de moda solo aparece de forma natural en la pequeña parte de la población que ha nacido con una determinada estructura ósea y una determinada constitución. A eso se añade que las fotografías publicitarias se retocan con software de edición y se ajustan a siluetas que no existen. Nos evaluamos tomando como referencia cuerpos que en la realidad no existen.
Un error frecuente: «Cualquiera puede lograr el cuerpo ideal si se esfuerza»
El mayor error sobre el cuerpo es creer que «si no llegas al cuerpo ideal es porque no te esfuerzas lo suficiente». En las diferencias individuales de peso y de forma influye mucho la genética: la estructura ósea, las zonas donde la grasa se acumula con facilidad y el modo en que se desarrolla el músculo son distintos en cada persona de nacimiento. Por mucho que uno se esfuerce, hay quien puede acercarse a un cuerpo de modelo y quien no, y esa es una realidad biológica.
La idea de que «adelgazar traerá la felicidad» también es peligrosa. Muchas de las personas que llegan efectivamente a su peso objetivo regresan a su peso anterior en unos meses o en unos pocos años. El peso perdido con restricciones alimentarias severas plantea después otra dificultad, la de mantenerlo, porque en cuanto se abandona la restricción el organismo se pone a recuperarse de un estado de privación. Y aunque se consiga adelgazar, en muchos casos la insatisfacción simplemente se desplaza: «quiero estar aún más delgada», «tengo los brazos gruesos», «tengo las piernas cortas». Rara vez conduce a una satisfacción de fondo.
Los daños de la obsesión con el cuerpo
Impacto en la salud mental
La insatisfacción corporal es un potente factor de riesgo de depresión, trastornos de ansiedad y trastornos de la conducta alimentaria. Entre los elementos que las propias personas afectadas señalan como desencadenante de su enfermedad, la fuerte insatisfacción con el cuerpo es uno de los que aparecen con más frecuencia. Repetir dietas extremas (el efecto rebote continuo) no solo reduce el metabolismo, sino que daña gravemente el sentido de eficacia personal. A medida que se acumula la experiencia de «he vuelto a fracasar», se erosiona incluso la confianza en ámbitos que nada tienen que ver con el cuerpo.
Daño físico al organismo
Las restricciones alimentarias extremas provocan pérdida de densidad ósea, desequilibrios hormonales y descenso de las defensas. Se sabe que quienes repitieron dietas excesivas en la adolescencia tienen después un riesgo mayor de osteoporosis. La pérdida de peso forzada en la juventud pasa la factura al cuerpo cuando se llega a los cuarenta o los cincuenta.
Oportunidades vitales perdidas
«Cuando adelgace iré a la playa», «cuando cambie mi cuerpo disfrutaré de la moda», «cuando pierda un poco más empezaré a salir con alguien». Al poner el cuerpo como condición y aplazar la vida, se pierde sin cesar la experiencia de este momento. Mientras se espera a que el cuerpo cambie, la vida pasa. Faltar a la boda de un amigo porque «no quiero salir en las fotos», rechazar una invitación a la piscina: la suma de esas decisiones queda, cuando uno mira atrás, como tiempo en el que no ocurrió nada.
Cuatro enfoques para reconciliarse con el propio cuerpo
1. Aspirar a la «neutralidad corporal»
«Ama tu cuerpo» (la positividad corporal) es un ideal, pero para quien lleva años arrastrando insatisfacción con su cuerpo el listón puede quedar demasiado alto. Resulta más realista la «neutralidad corporal»: no querer ni detestar el cuerpo, sino considerarlo de forma neutra, simplemente como el vehículo que nos transporta. Agradecer la función del cuerpo, no su aspecto. Las piernas que caminan, las manos que sujetan cosas, los ojos que ven el paisaje.
Conviene ordenar la diferencia entre positividad corporal y neutralidad corporal. La positividad corporal pide «amar activamente el propio cuerpo»; la neutralidad pide «dejar de evaluarlo», es decir, no emitir juicios de bueno o malo sobre el aspecto del cuerpo. Esto tiene un listón más bajo en la práctica y una carga psicológica más ligera.
2. Filtrar conscientemente la información de las redes sociales
Observa cómo influyen en tu satisfacción corporal las cuentas que sigues. Silencia o deja de seguir las cuentas que, cada vez que las ves, te hacen sentir «yo no valgo», y sustitúyelas por cuentas que afirman la diversidad de cuerpos. Esta «limpieza del muro» es un trabajo que reduce el número de comparaciones al cambiar la información que entra por los ojos. Funciona con más seguridad que intentar «no compararse» a fuerza de voluntad.
Como paso concreto, prueba a registrar durante una semana cómo te sientes después de mirar las redes sociales. Haz una lista de las cuentas ante las que pensaste «después de ver esta publicación me he venido abajo» y, la semana siguiente, silénciala o deja de seguirla una por una. En su lugar, sigue cuentas que publiquen sobre aficiones, viajes o cocina en vez de sobre cuerpos y dietas. Solo con cambiar el entorno de información, las comparaciones inconscientes disminuyen.
3. Evaluar el cuerpo por la «experiencia», no por la «apariencia»
En lugar de comprobar tu figura frente al espejo, fíjate en las experiencias que el cuerpo te ofrece. Poder saborear una buena comida, poder bailar al ritmo de la música, poder abrazar a quien te importa. El valor del cuerpo no está en su apariencia, sino en la riqueza de la experiencia.
Un modo de incorporar esto a la vida diaria es el «diario de agradecimiento». Cada noche, escribe tres cosas que tu cuerpo ha hecho hoy por ti. «He podido subir hasta el quinto piso», «he podido caminar y charlar dos horas con una amiga», «he podido disfrutar del olor de la comida». El hábito de atender a la función y no al aspecto, mantenido unas semanas, va diluyendo la obsesión con el cuerpo.
4. Cuestionar el origen del «cuerpo ideal»
El valor de que «lo delgado es bello» no es universal ni en la historia ni en las culturas. En la Europa del Renacimiento, un cuerpo rotundo era símbolo de belleza. En los años veinte se puso de moda una silueta recta y en los cincuenta se alabaron las curvas al estilo de Marilyn Monroe. Los cánones de belleza cambian en cuestión de décadas.
La actual fe en la delgadez es además un valor que una enorme industria de las dietas ha cultivado en su propio beneficio. Un modelo de negocio que hace pensar «tal como eres no eres suficiente» para vender productos ha distorsionado nuestra autoevaluación. No hace falta hacerse sufrir en beneficio de otros.
Una trampa: la obsesión corporal disfrazada de «salud»
«No quiero adelgazar por estética, sino por salud». A primera vista suena razonable. Sin embargo, en la práctica, las restricciones alimentarias excesivas y la compulsión por el ejercicio hechas en nombre de la «salud» son a veces el disfraz de la obsesión con el cuerpo. El IMC no es más que uno de los indicadores de salud, y la salud no se mide solo con el peso. Se ha señalado que quienes se mueven con moderación, comen de forma equilibrada y duermen bien tienden a mantener en buen estado muchos indicadores de salud, aunque su peso no sea el «normal».
¿Ese «por salud» es de verdad por salud, o es una excusa para justificar el «quiero adelgazar»? Responder con honestidad a esa pregunta es la clave para salir de la trampa de la obsesión corporal.
Próximos pasos
El complejo corporal no es un problema individual, sino un problema de estructura social. Dejar de intentar ajustarse a criterios irrealistas y agradecer la función y la experiencia del cuerpo. Ese giro de perspectiva es el primer paso para liberarse de la esclavitud del cuerpo.
Lo que puedes hacer a partir de hoy puede ser pequeño. Mirarte al espejo una vez menos al día. Silenciar una cuenta de redes sociales que provoque comparaciones corporales. Poner en palabras una cosa que tu cuerpo «ha hecho por ti». No hace falta un cambio perfecto. Tu cuerpo, tal como es ahora, ya vale lo suficiente.