Estilo de vida

Por qué ordenar calma la mente - La relación entre el entorno físico y la salud mental

Este artículo se lee en unos 9 minutos Redacción y gestión: Kokomori

La carga que un entorno desordenado impone al cerebro

En un entorno donde hay muchos objetos innecesarios a la vista, acabas eligiendo sin parar a cuál de las cosas que entran por los ojos dirigir tu atención, y la concentración disponible para la tarea que tienes delante se va recortando justo en esa medida. Solo con estar en una habitación desordenada, el cerebro sigue procesando tareas sin terminar del tipo «tengo que recoger aquello» o «¿dónde está ese documento?», y consume recursos cognitivos.

Esto guarda relación con un fenómeno psicológico conocido como el efecto Zeigarnik. Las tareas inacabadas se quedan en la memoria con más facilidad que las terminadas, y un entorno desordenado no deja de emitir la señal de «sin terminar». Como resultado, la tensión se mantiene incluso durante el tiempo que creías dedicar al descanso. Cuanto más siente alguien que su propia casa está desordenada y llena de cosas a medio hacer, más fácil le resulta que el ánimo se hunda a medida que el día avanza hacia su final.

Los tres mecanismos por los que ordenar mejora la salud mental

En primer lugar, ordenar recupera la sensación de control. La vida está llena de cosas que no dependen de ti, pero poner en orden el espacio que tienes delante es un acto que sin duda puedes llevar a cabo con tus propias fuerzas. Esa pequeña sensación de logro eleva la autoeficacia y alivia la sensación de impotencia. Cuanto más suben la ansiedad y el estrés, más eficaz resulta esa recuperación del control a través del orden.

En segundo lugar, al ordenar se mueve el cuerpo, y eso favorece la liberación de endorfinas igual que lo hace el ejercicio suave. Al mover el cuerpo limpiando y organizando, el ánimo mejora de forma natural. Treinta minutos de orden consumen entre 100 y 200 kcal, algo equivalente a un paseo ligero.

En tercer lugar, un espacio ordenado reduce el ruido visual y permite que la red neuronal por defecto (DMN) del cerebro funcione como debe. La DMN es la red cerebral implicada en la introspección y la creatividad, y se activa en entornos con pocos estímulos externos. Es decir, una habitación ordenada es también un entorno que te devuelve la capacidad de pensar. Cuando no se te ocurre ninguna idea, despejar primero la mesa es una conducta con toda la lógica del mundo.

Qué hay de verdad detrás del «no consigo ordenar»

Dar por sentado que quien no se lleva bien con el orden es un vago es un error. Detrás de la incapacidad de ordenar se entrelazan factores muy diversos: la fatiga de decidir, el perfeccionismo, el apego emocional, rasgos del desarrollo neurológico como el TDAH o la caída de la motivación propia de un estado depresivo.

El apego emocional a los objetos es especialmente poderoso. Emociones como «puede que algún día lo use» o «le sentaría mal a quien me lo regaló» impiden soltar las cosas. Más que negar esa emoción, resulta útil practicar el juicio con otro criterio: si el objeto hace falta o no en la vida que llevas ahora. La esencia del desapego no es tirar cosas, sino elegir lo que realmente es importante para uno mismo.

El perfeccionismo es otro gran enemigo del orden. Pensar «si lo hago, tiene que quedar perfecto» te deja sin poder empezar siquiera. En lugar de aspirar a la perfección, poner como objetivo «un poco mejor que ayer» baja el listón de la acción. Existe además un problema puramente físico: cuando la cantidad de objetos es excesiva, no hay ni sitio donde guardarlos. La solución de fondo no es aumentar el almacenaje, sino reducir el volumen total de cosas.

Métodos prácticos para empezar en pequeño

Intentar ordenarlo todo de golpe acaba en abandono. Empieza con cinco minutos al día y un solo cajón. Pon el temporizador en cinco minutos y concéntrate en ordenar solo durante ese rato. Cuando pasen los cinco minutos, tienes permiso para parar. Esa regla es la que baja la barrera psicológica. Aunque sean cinco minutos, si lo mantienes a diario reúnes 35 minutos de orden en una semana y dos horas y media en un mes.

La regla de «uno dentro, uno fuera» también es eficaz. Cuando entra un objeto nuevo en casa, sale otro. Solo con esto el volumen total de cosas no crece, así que se mantiene un entorno difícil de desordenar. Simplificar las rutinas diarias también es un medio eficaz para reducir la carga de ordenar. Al recortar el número de decisiones, aumentan los recursos cognitivos que puedes destinar al orden.

El método de «si dudas, mételo en una caja» funciona igual de bien. Los objetos sobre los que dudas entre tirar y conservar van a una caja de cartón, le escribes la fecha y la abres tres meses después. De todo lo que no has necesitado ni una vez en esos tres meses puede concluirse que, en realidad, era innecesario. Al posponer la decisión emocional, te vuelves capaz de juzgar con la cabeza fría.

Ordenar el entorno digital también importa

Más allá del espacio físico, los archivos del escritorio, el correo sin leer y las aplicaciones que no usas también son causa de carga cognitiva. El desorden digital se ve peor, y por eso le resulta más fácil convertirse en una fuente inconsciente de estrés. Cada vez que suena una notificación en el móvil la atención se interrumpe, y la concentración que se ha cortado una vez no vuelve enseguida a su profundidad anterior.

Reserva 15 minutos una vez a la semana para el orden digital. Borrado masivo del correo innecesario, desinstalación de las aplicaciones que no usas, organización de los archivos del escritorio. Igual que con el espacio físico, ordenar el espacio digital se traduce directamente en una cabeza más despejada. Revisar la configuración de las notificaciones también es eficaz, porque dejar solo las que de verdad necesitas recorta el ruido digital de forma notable.

Ordenar y simplificar la vida en su conjunto

Ordenar no es una simple limpieza: se convierte en la ocasión de repasar la vida entera. Una vida con pocos objetos reduce las opciones y aligera la carga de decidir. Elegir la ropa por la mañana, preparar la comida, decidir qué comprar. Al reducirse en cada una de esas escenas el «tiempo de dudar», puedes concentrar la energía en lo que de verdad importa.

No es necesario aspirar a una vida minimalista. Lo importante es encontrar la cantidad que a ti te resulta justa. Reducir los objetos no es el objetivo; el objetivo es pasar los días con la mente serena en un espacio agradable. Para una persona, una estantería llena de libros es donde el corazón encuentra su calma; para otra, quizá lo sea una pared blanca y vacía. Toma como criterio tu propio bienestar y no el de los demás.

Crear un sistema para mantenerlo

Para mantener el estado de orden, lo importante es apoyarse en sistemas y no en la fuerza de voluntad. Decide un sitio fijo para cada objeto, acorta el recorrido para devolverlo después de usarlo y no compliques el almacenaje. Estos sistemas hacen innecesario el esfuerzo consciente de «tengo que ordenar». Si el sitio fijo ya está decidido, el coste cognitivo de dudar dónde dejar algo baja a cero.

Fijar un día de reinicio periódico también resulta útil. Solo 15 minutos el domingo por la mañana: echar un vistazo a toda la casa y devolver las cosas a su lugar. Cuando el entorno está en orden, el corazón se ordena también de forma natural. Ordenar es una de las formas de autocuidado más sencillas y de efecto más inmediato. Más que aspirar a una habitación perfecta, crear un sistema que mantenga un espacio en el que te sientas a gusto es lo que se convierte en la base de tu salud mental a largo plazo.

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