El peso de saber - La ecoansiedad y la soledad de quienes conocen los problemas medioambientales
El momento en que piensas «ojalá no lo supiera»
La noche que viste las imágenes del hielo ártico derritiéndose, no pudiste dormir. Después de leer las estadísticas sobre plásticos en el océano, empezaste a sentir culpa cada vez que cogías una botella de plástico. Desde que conociste los escenarios de predicción del cambio climático, surgieron dudas sobre tener hijos.
Cuanto más profundizas en los problemas medioambientales, más aparecen la culpa y la impotencia en cada aspecto de la vida cotidiana. Y al ver que las personas de tu entorno viven como si nada pasara, te invade la soledad de pensar «¿seré yo el único que se preocupa demasiado?».
Esta emoción se denomina «ecoansiedad (eco-anxiety)», y la Asociación Americana de Psicología (APA) la abordó formalmente en 2017 en su informe sobre «cambio climático y salud mental». La ecoansiedad no es una enfermedad, sino una reacción psicológica normal ante una amenaza real. Sin embargo, esa reacción normal puede intensificarse hasta erosionar la vida cotidiana.
La estructura psicológica de la ecoansiedad
Percepción de amenaza existencial
El cambio climático es un tipo de amenaza existencial diferente a la muerte individual. Para la muerte individual existen marcos culturales de procesamiento (religión, filosofía, rituales), pero los marcos culturales para procesar la amenaza del colapso civilizatorio o la destrucción de ecosistemas aún no están suficientemente desarrollados.
Esta «ausencia de marco» hace que la ecoansiedad sea particularmente difícil de procesar. Para la muerte individual existe un punto de llegada llamado «aceptación», pero ante la destrucción medioambiental, la propia decisión de si hay que «aceptar» o «resistir» se convierte en fuente de sufrimiento.
Desajuste de escala
El aspecto más doloroso de los problemas medioambientales es la abrumadora desproporción entre la escala del problema y la escala de la acción individual. Por mucho que uses bolsas reutilizables, reduzcas el consumo de carne y evites los aviones, tu impacto en las emisiones globales de CO2 es estadísticamente insignificante.
Este desajuste genera una profunda impotencia. «Da igual lo que haga yo solo». Este reconocimiento es lógicamente correcto, pero psicológicamente destructivo. La impotencia arrebata la motivación para actuar, la inacción genera más culpa, y la culpa refuerza la impotencia. Este círculo vicioso es el núcleo de la ecoansiedad.
Duelo anticipatorio
La ecoansiedad contiene un elemento de «duelo anticipatorio (anticipatory grief)». Tristeza por lo que aún no se ha perdido. Tristeza por la belleza de los arrecifes de coral antes de que se blanqueen. Tristeza por el futuro que quizá vivirán los niños. Este duelo anticipatorio es más difícil de procesar que el duelo convencional, porque la pérdida aún no se ha confirmado, el objeto de la tristeza es difuso y no hay un punto de inicio claro para el proceso de duelo.
La soledad de «quien sabe»
El complejo de Casandra
En la mitología griega, Casandra tenía el don de predecir el futuro pero estaba maldita para que nadie la creyera. Las personas con un conocimiento profundo de los problemas medioambientales son Casandras modernas. Reconocen la crisis, pero su entorno no escucha.
Este sentimiento de aislamiento empuja a las personas en dos direcciones. Una es la actividad divulgativa excesiva, intentando convencer al entorno. La otra es el silencio por resignación. Ninguna de las dos logra resolver el aislamiento.
Fatiga moral
Para quien es consciente de los problemas medioambientales, cada elección cotidiana se convierte en un juicio moral. Qué comer, qué comprar, cómo desplazarse. Cada elección lleva aparejado su impacto ambiental. Esta carga sostenida de juicios morales provoca «fatiga moral (moral fatigue)».
Cuando la fatiga moral se acumula, aparecen dos reacciones extremas. Una es la inclinación hacia un cuidado medioambiental perfeccionista (residuo cero, veganismo estricto, etc.). La otra es una actitud de «ya me da igual». Ninguna de las dos es un estado psicológico sostenible.
Formas de pensar para seguir actuando sin desesperarse
1. Separar «acción significativa» de «acción eficaz»
Es un hecho que el uso individual de bolsas reutilizables no resolverá un problema de escala global. Sin embargo, eso no significa que la acción «carezca de sentido». El valor de una acción no se mide solo por su efecto a escala planetaria, sino también por la coherencia entre los propios valores y las acciones, lo que en psicología se denomina «autocongruencia (self-concordance)».
Actuar de acuerdo con los propios valores sostiene por sí mismo la salud mental. Independientemente de la magnitud del efecto, la sensación de «estoy haciendo lo que creo» es el dique más seguro contra la impotencia.
2. Desplazar la perspectiva de la acción individual al cambio sistémico
La esencia de los problemas medioambientales no está en el consumo individual, sino en la estructura de los sistemas sociales. Política energética, regulación industrial, diseño urbano. Además de cambiar el comportamiento individual, buscar formas de participar en el cambio sistémico reduce la impotencia.
Votar, firmar peticiones, participar en organizaciones medioambientales locales, presionar a las empresas. Estas acciones tienen un apalancamiento mucho mayor que el comportamiento de consumo individual. (Los libros sobre activismo medioambiental y participación ciudadana enseñan métodos concretos)
3. Soltar la «perfección»
El perfeccionismo en el cuidado medioambiental es insostenible. Elegir la opción más ecológica en cada decisión es prácticamente imposible en la sociedad moderna, y esa imposibilidad genera culpa de forma continua.
«Hacer lo que puedo, dentro de mis posibilidades». Esta actitud no es una claudicación, sino una estrategia para mantener la acción a largo plazo. Mantener un 80% de cuidado medioambiental durante 10 años tiene un impacto total mayor que mantener un cuidado perfecto durante 1 mes y quemarse.
4. Permitirse sentir la tristeza
La tristeza que hay dentro de la ecoansiedad es una emoción legítima. Tristeza por la pérdida de la naturaleza hermosa, remordimiento hacia las generaciones futuras. Es importante no negar estas emociones como «exageradas» y permitirse sentirlas plenamente.
La psicóloga ambiental Joanna Macy describe la tristeza ante los problemas medioambientales como «el reverso del amor por el mundo». Sientes tristeza porque amas este mundo. No hay necesidad de negar ese amor.
5. Conectar con personas que sienten lo mismo
El aspecto más doloroso de la ecoansiedad es el aislamiento. Conectar con personas que comparten la misma sensibilidad proporciona la tranquilidad de saber que «no soy yo el raro». Organizaciones medioambientales, comunidades de acción climática, o simplemente amigos con quienes hablar abiertamente sobre problemas medioambientales. Actuar desde la empatía compartida es mucho más sostenible que actuar desde la soledad. (Los libros sobre ecoansiedad y psicología ambiental también son un apoyo emocional)
La esperanza está en la acción
Si miras de frente la realidad de los problemas medioambientales, es difícil ser optimista. Sin embargo, ser pesimista y no actuar no son sinónimos. «La situación es grave. Precisamente por eso, hago lo que puedo». Esta actitud no es optimismo ni pesimismo, sino una determinación arraigada en la realidad.
El peso de saber no se puede soltar. Pero tampoco es necesario cargarlo solo. Las personas que sienten ese mismo peso son muchas más de lo que crees.